“Gobernamos y conservamos por seis mil años nuestro territorio”: Notas de viaje por los Ríos Wampís

 

  • Hace unos días, como parte de la Campaña «Ríos Vivos, Limpios y Libres» del Grupo Nacional de Protección de Ríos, el director de Forum Solidaridad Perú, Ricardo Jiménez A., participó como invitado en el Congreso de la Juventud Wampís, a 900 kilómetros de Lima, en el  nor-oriente peruano, provincia de Condorcanqui, región Amazonas, cerca de la frontera con Ecuador.
  • En la ocasión, se presentó a consideración de la Asamblea de este Congreso y de autoridades del Gobierno Territoarial Autónomo de la Nación Wampís, una propuesta de trabajo para la defensa de los Ríos Santiago (Kanus) y Morona (Kankai), la cual fue aprobada unánimente y de la que iremos informando en los próximos días. 
  • Les compartimos ahora unas breves notas de viaje, de carácter vivencial y reflexivo, escritas en la ocasión.    

 

Camino a Nieva

Avanzan lentas las seis horas por el sube y baja, zigzagueante y brusco, de una estrecha carretera, apenas hilvanada al trayecto, deteriorada a ratos hasta lo indecible, adornada por el intermitente paso de quebradas y riachuelos. La camioneta en que vamos toma la forma de esa montaña rusa desafiante para el cuerpo acostumbrado a la geometría plana de las urbes. Nos internamos más y más en el vientre vegetal de la selva, un umbrío y brillante túnel del tiempo verde, un verde plural, lleno de todos los verdes imaginables, y de los verdes no imaginados todavía también. Flanqueados por la elegante y serena quietud de los árboles, incontenibles, inconmensurables, en la alocada estructura de sus ramajes, fractales y holográficos, como las trayectorias biográficas de los humanos. A golpes de luz de cielos abiertos y limpios, y a golpes de sombras de los húmedos muros de enredaderas milenarias. Cada tanto, salpican casas, algunos caseríos y conatos de poblados. Niñas y niños, hombres cargando cosas, mujeres con machetes. Ropas de colores. Moto taxis, maderos, algunas basuras. Ojos curiosos o desconfiados, indiferentes, sonrientes, inescrutables, ojos como luces de estrellas, pequeñas señales de mundos a un universo de distancia. Puedo imaginar cómo, poco a poco, se tensan, desenchufan y finalmente se desprenden de mí, vencidos por la distancia, los cables de las preocupaciones que traigo; me va llenando un mágico y verde olvido, terapéutico, silencioso, regenerador.

Camino a Alianza Progreso

Tan largo como la carretera hacia Nieva, es el viaje en lancha por el río Kanus (Santiago) hacia Alianza Progreso, la comunidad donde se celebrará el congreso de la juventud Wampís. Cuatro a cinco horas en lancha, por la serpiente del río y su laberinto caprichoso de derivas y brazos. La cuchilla de la lancha va cortando el agua, que salpica el aire repleto de sol y enamora nuestras manos. El agua que me forma en la mayor parte de mi cuerpo, se reencuentra en el río, se reconoce en el río, se sabe en el río. El poeta mártir peruano, Javier Heraud, tenía razón, somos el río. En el sistema semi cerrado que es el planeta, el agua en mis venas y mis órganos, ha sido antes, en miles de años, literalmente, tormenta de lluvia, hielo, raíz, rana, río. Y lo volverá a ser.

El Pamuk (Presidente, Jefe de gobierno) Wampís, Wrays Pérez, me cuenta su vida y me habla del territorio. Geografía y biografía se funden y amasijan en una sola historia, nacida con el planeta, en el amoroso y perdido momento en que fue parida la cordillera Kampagkias, “españolizada como kampagkis”, me dice con ligera molestia, enseñándome en el horizonte, el hermoso e imponente monolito horizontal y verde, corazón del territorio y del pueblo Wampís, porque bombea la sangre del agua a las venas del Kanus y el Kankai, los ríos españolizados como Santiago y Morona, entre cuyo abrazo florece el pueblo Wampís. A medida que avanzamos se hacen más notorias unas ondulantes manchas blancas sobre el verde de sus muros centrales, son piedras calizas, que forman símbolos sinuosos de un enigmático lenguaje, un mensaje destinado a enseñarme lo que no puedo comprender.

Del Kampagkias nació el pueblo Wampís, del pueblo Wampís nació la familia de Wrays y de esa familia nació él. Su padre fue un afuerino que se enamoró del Kampagkias y del pueblo Wampís y se hizo Wampís, hablando, comiendo, cantando y respirando en Wampís. Wrays me muestra la zona lejana donde nació, al pie de los blancos mensajes inescrutables de las calizas del Kampagkias. “Cuando ya tenía cinco años, recién salí para acá para ir a la primera escuela que hubo, yo ya sabía leer porque mi papá me había enseñado con un alfabeto hechizo de tabla que me hizo”, recuerda. Pasamos por el lugar donde estaba su casa en ese entonces y ahora la selva ha recuperado todo el terreno.  Me señala el lugar a la orilla del río y me cuenta que, teniendo solo cuatro años de edad, airado porque su tío había salido sin él en su lancha, se arrojó al río, siendo rescatado por su madre, que le propinó un duro castigo para que no se repitiera el acto suicida.

Cada tanto, pasan lanchas de todo tamaño, y peque peques (canoas) en todas direcciones. La voz firme y profunda del Pamuk, me dice, con entonación de canto y de juego: “Las lanchas pasan por el río Kanus como los aviones en el cielo de Europa”. Y lo repite. Él ha vivido en Madrid por medio año, realizando un Curso en Derechos Humanos y ha viajado en varias ocasiones, en otras actividades de dirigente indígena, a Europa y a varios países de Latinoamérica. De esa experiencia, recoge la fuente fundamental del Derecho Internacional de la Autonomía de los Pueblos Indígenas. Un derecho que brota de la existencia ancestral misma de estos Pueblos, no de una concesión graciosa de los Estados, los que tienen la obligación irrenunciable de reconocerla y garantizarla.

La otra fuente, es la memoria de organización y gobierno autónomo ancestral de los Pueblos Indígenas. “Mira”, dice alegre y enfático, señalando con su brazo extendido todo el paisaje visible. “Ahí está la prueba, de si los Pueblos Indígenas supimos o no supimos gobernarnos autónomamente. Si no hubiéramos sabido no habría nada de esto. Lo gobernamos y conservamos por seis mil años”. Derecho Internacional del presente y Memoria ancestral del pasado, dos fuentes que convergen, otra vez como dos cauces de aguas vivificantes, en la fundamentación del Gobierno Territorial Autónomo. “Que surge como recuperación de nuestras propias formas de organizarnos, ante el fracaso de siglos de las formas que nos imponen desde afuera”. Para confirmarlo, me cuenta del olvido, de los engaños, del desprecio y la incomprensión, de las necesidades no atendidas, de la destrucción del tesoro que vemos y respiramos. “Nosotros queremos al Perú”, dice con tristeza reflexiva, “Pero el Perú no nos quiere, ¿qué debemos hacer entonces?”.

Entramos en una quebrada que se abre y separa del río, paramos en una orilla con forma de los típicos pequeños puertos que cada casa al lado del río tiene. “Es mi casa, vamos para que conozcas”, me dice. Hay una lancha estacionada, mucho más grande, de diseño moderno, tiene color verde y un logo grande del GTAWN, el Gobierno Territorial Autónomo de la Nación Wampís, que preside Wrays. “¡Anda!”, le digo, “¡La flota del Gobierno Territorial!”. “Claro”, me responde, “Tenemos doce lanchas, andan en el Morona y el Santiago, en tareas de organización”.

Caminamos con cuidado por el barro que ha formado la lluvia reciente, llegamos a la casa del Pamuk, una maloka palafítica, típica de la selva amazónica, pero no de tablas rústicas como suele verse, sino de maderas finamente trabajadas y pulidas. También es estructuralmente mucho más firme que de común y mucho más grande y alta. Una linda y acogedora casa, rodeada del patio más hermoso imaginable. Entramos y me muestra sus muebles de maderas nativas sólidas, con formas de animales amazónicos y tonalidades indefinibles; su radio comunicador con el que habla con todo el territorio Wampís y más allá; su alimentación de energía por paneles solares; su cocina todavía en construcción, con techo destinado a recoger el agua de lluvia para hacerla potable; como también están en construcción las piscigranjas de su patio. Inevitablemente, pienso que está construyendo su casa con el mismo amor, responsabilidad y proyección, con que construye el gobierno autónomo de su pueblo. “Te voy a dar la vacuna anti Covid nuestra”, me dice. “Tú sabes que hemos declarado a la selva nuestra farmacia, otra vez, frente al abandono del gobierno”. Bebo varios vasos pequeños de un fuerte concentrado de raíces vegetales de chuchu huasi, con yonke (agua ardiente) y miel natural. También como un “suri” con sal, gusano que se produce en los tallos de los árboles selváticos peruanos, mientras el Pamuk me repite que es una carga de proteínas para matar los virus.

Recoge su lanza de Pamuk y su mapa del territorio Wampís. “Mis herramientas infaltables”, me dice, y salimos de regreso a la lancha para continuar el camino. Ahora con lluvia, a ratos torrencial. Crepitando, caen estrellas diminutas agrietando efímeramente el manto del río, una danza húmeda, copiosa y envolvente que nos sumerge en el silencio, ensimismados, como acurrados en la placenta de esa tenue noche transitoria de la lluvia sobre el Kanus Santiago. Retengo en mi piel y mi corazón esa sensación de protección absoluta, a pesar de la intemperie. La tomo como un signo de ineluctable regeneración, frente al mundo fatigado, que se cae pedazos, del que vengo.

 

 

 

 

 

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